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¡QUÉ FUERTE ES EL AMOR DE DIOS!

Mons. Angelo Spinillo, Obispo de Aversa, Italia, quien conoció a Teresa Ruocco ocho días antes de su muerte de cáncer, ha expresado en diversas ocasiones que tiene la certeza de que vivió una auténtica experiencia de amistad con una niña llamada por Dios para testificar su amor incondicional hacia nosotros. Ha dicho que ha vivido  “como un privilegio la amistad con la cual Teresa me regaló tanto amor. Verdaderamente ha sido un privilegio porque me ha hecho partícipe de su camino, me ha donado el poder conocer su amor a la vida y compartir su pena y su sufrimiento. Tal vez nunca llegaré a comprender del todo cómo una niña puede vivir, a la vez, la confianza de que estaría con Jesús en la vida eterna y su intenso deseo de vivir otros momentos de amistad en los que ella sería la protagonista de intensos y emocionantes encuentros. Éste es, quizás el misterio que sólo los pequeños pueden conocer y vivir, el misterio de ver todo con fe y acoger cualquier posibilidad como un don de vivir en plena amistad con Jesús. Es el misterio de poder contemplar con certeza la presencia de Dios más allá de cualquier cosa y el deseo de estar siempre cerca de las personas a las que más se ama”.

Como en las páginas del Evangelio en las que Jesús sorprendió a sus discípulos discutiendo sobre quién de ellos era el más importante, los adultos todavía vivimos replegados en nosotros mismos. No asumimos que estamos agotando nuestros días afanados por ocupar posiciones de prestigio, muriendo lentamente en el terrible cotidiano de un trabajo que nos pesa, acumulando bienes y un supuesto prestigio y poder que no disfrutaremos porque que no dejan ningún signo de eternidad y porque no sabemos ni el día ni la hora en que el Señor nos llamará a cuentas. La vida, la enfermedad, la agonía y la dolorosa muerte de Teresa Ruocco son para nosotros como aquel niño que Jesús llamó a estar cerca de Él para indicar a sus discípulos lo que, en la perspectiva del reino de los cielos supera todo tipo de medida de lo que este mundo nos puede ofrecer ya que tiene un valor al que no se le puede poner precio y nos ofrece la paz y la felicidad verdadera.

El sacerdote Luigi Maria Epicoco, quien estuvo con la enferma apenas una hora, nos dice que vivió muy de cerca la experiencia de la santidad de la que nos habló el Papa Benedicto XVI y que se hizo vida en la muerte de una pequeña de nombre Teresa. Entendió que la santidad no es un privilegio de pocos sino la llamada universal que Dios nos hace a cada uno de nosotros. La historia de Teresa es muy semejante a la de tantas personas, sobre todo niños, que están siendo víctimas de una atroz contaminación en la atmósfera, en los alimentos, en las aguas infectadas con residuos industriales y que asesinan a muchos inocentes. Cuando el dolor toca un niño, todo se complica y la muerte resulta más absurda y escandalosa y, a pesar de todo, la historia de Teresa que murió a la edad de once años de un tumor de cáncer, está llena de luz, plena de esperanza y sobreabundante de alegría. Luigi Maria entrevistó a la pequeña y grabó su conversación con el permiso de poder dar a conocer lo que ahí sucedió. Cuando le preguntó: “Teresa, ¿puedo contar lo que nos hemos dicho o prefieres que permanezca reservado entre nosotros?” Ella respondió: “Si, puedes, porque quiero que todos sepan qué fuerte es el amor de Dios. Quiero que todos lo sepan”.

La familia Ruocco es una simple familia de la Campania italiana. Andrea y Laura tuvieron dos hijos: Teresa, nacida el 26 de marzo de 2004 y Luca, tres años menor que ella. El amor de Andrea y Laura nació desde su adolescencia y se casaron poco tiempo después de haber terminado la universidad; ella es profesora y Andrea es ebanista curador de arte. Teresa nació de un embarazo muy difícil y de alto riesgo. Desde muy pequeña manifestó una exquisita sensibilidad y espontaneidad en las relaciones con los demás. A los cinco años comenzó la escuela primaria. Una de sus compañeras ha manifestado que siempre estuvo a su lado y recuerda cómo la defendía y la confortaba mientras que otros compañeros se burlaban de ella y le hacían bromas pesadas por sus defectos físicos. En septiembre de 2011 comenzó a tener fuertes dolores en su pierna izquierda por lo que fue sometida a una serie de exámenes pues se sospechaba que podían ser causados por alguna caída. El 29 de marzo de 2012, pocos días después de su cumpleaños, después de un largo período de visitas a médicos especialistas y exámenes ante el hecho de que los dolores continuaban, le fue diagnosticado el terrible sarcoma de Ewing que se encontraba ya en su cuarta etapa y presentaba metástasis en los pulmones. Comenzó así un período de enormes sufrimientos con las terapias de protocolo: primero la quimioterapia y, más tarde, treinta y cuatro radiaciones. Parecía que la enfermedad remitía y con enorme esperanza, en febrero de 2013 le hicieron un trasplante, un nuevo ciclo de radio terapia y, con ello, se afianzó su camino a la santidad.

 

P. Jaime Emilio González Magaña, S. I.
Domingo 4 de diciembre de 2016.

 

 

 


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