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EL EQUILIBRIO ENTRE LIBERTAD Y DISCIPLINA

Realmente no podría decir que está molestando más a la sociedad mexicana, si el vandalismo de quienes se dicen maestros, los normalistas que más bien parecen aprendices de malhechores que de estudiantes de una de las profesiones más liberales y hermosas que es la de los educadores o la inexplicable impunidad de un gobierno débil y sin ninguna credibilidad. ¿Hasta cuándo un país será rehén de situaciones semejantes? Parece que nadie tiene la respuesta por lo que, es urgente que reflexionemos y caigamos en la cuenta de que una educación que realmente lo sea, es necesaria en un país como el nuestro para que deje atrás tantos años de ataso y abulia que, por lo que estamos viendo, se ha hecho una forma de vida de muchos en perjuicio de la inmensa mayoría. Es evidente que no es fácil abordar el tema de la educación, mucho menos cuando debería ser la familia la más interesada en exigir de nuestras autoridades que cumplan el mandato de nuestra Constitución Política en este sentido.
Un enorme riesgo sería focalizar todo el problema en los tristes autores de la vergonzosa situación que sufrimos. Las raíces del problema van mucho más allá pues es imprescindible que todos asumamos  nuestra responsabilidad y nos dispongamos a buscar soluciones que no pueden  esperar más. Un primer aspecto de este tema -central diría yo-, está dirigido a los adultos y, de un modo particular a los padres de familia con preguntas como éstas: ¿Sabemos educar? ¿Cuál es la reacción de los padres al enfrentar una actitud caprichosa o manipuladora de sus hijos? ¿Cómo se comporta una pareja de frente a las decisiones difíciles que debe tomar en los procesos de educación? Tal vez porque sea infinitamente más fácil decir que sí a todo lo que los hijos les piden, los papás evaden la responsabilidad de decir "no" cuando las circunstancias así lo exigen. No conviene dejar que los niños y jóvenes, so pretexto de una libertad mal entendida, hagan lo que quieran y pretendan exigir una libertad que, lejos de hacerlos libres, los esclaviza de los medios masivos de comunicación, las redes sociales y una sociedad a la que le conviene manipular títeres en lugar de formar personas.
Y no me refiero solamente a las cuestiones materiales ya que éstas son solamente un ejemplo de la permisividad generalizada en nuestros días sino a la decisiones que tocan los aspectos éticos, morales y del comportamiento social más alemental como el respeto a los padres, el diálogo, la honestidad, la sinceridad, el valor del trabajo, el amor a la familia, la identidad personal, el amor a la Patria, etc. Los adultos ¿estamos educados de modo que sepamos decir “basta” a esta situación de terror? ¿Estamos decididos a poner en cuestión nuestro modo de educar, a reconocer que tal vez nos hemos equivocado, asumir nuestros fallos y cambiar en algo? En este sentido, sigue teniendo plena vigencia lo que el Papa Emérito Benedicto XVI, decía a la Diócesis de Roma el 21 de enero de 2008, cuando afirmaba que "el punto que quizá es el más delicado en la obra educativa: encontrar el equilibrio adecuado entre libertad y disciplina. Sin reglas de comportamiento y de vida, aplicadas día tras día en pequeñas cosas, no se forma el carácter y no se prepara para afrontar las pruebas que no faltarán en el futuro".
Y añadía: "la relación educativa es ante todo el encuentro entre dos libertades y la educación lograda es una formación al uso correcto de la libertad. A medida en que va creciendo el niño, se convierte en un adolescente y después un joven; tenemos que aceptar por tanto el riesgo de la libertad, permaneciendo siempre atentos a ayudar a los jóvenes a corregir ideas o decisiones equivocadas. Lo que nunca tenemos que hacer es apoyarle en los errores, fingir que no los vemos, o peor aún compartirlos, como si fueran las nuevas fronteras del progreso humano". En estos días, muchos grupos de padres de familia, empresarios, profesores conscientes de su misión y gente del pueblo que ya está harta de que algunos grupúsculos tengan secuestrada la educación se han planteado el uso de la fuerza como una forma de regular el derecho de la convivencia de las mayorías. Nos estaría mal recordar lo que Benedicto  XVI, quien con su amor a la ciencia y la cultura nos ayudó a hacer más firme nuestra fe, cuando afirmaba: "la educación no puede prescindir del prestigio que hace creíble el ejercicio de la autoridad. Ésta es fruto de experiencia y competencia, pero se logra sobre todo con la coherencia de la propia vida y con la involucración personal, expresión del amor auténtico. El educador es, por tanto, un testigo de la verdad y del bien: ciertamente él también es frágil, y puede tener fallos, pero tratará de ponerse siempre nuevamente en sintonía con su misión [...]. La responsabilidad es, en primer lugar, personal; pero también hay una responsabilidad que compartimos juntos, como ciudadanos de una misma ciudad y de una misma nación, como miembros de la familia humana y, si somos creyentes, como hijos de un único Dios y miembros de la Iglesia".
P. Jaime Emilio González Magaña, S. I.
Domingo 4 de septiembre de 2016.

 

 

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