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LA DEVOCIÓN AL AGUA DE SAN IGNACIO

El pasado 31 de Julio, día en que la Iglesia recuerda a San Ignacio de Loyola, me encontraba en Lagos de Moreno acompañando a dos congregaciones religiosas en la experiencia de los Ejercicios Espirituales. Fue muy interesante constatar la fe de mucha gente del entorno de la casa donde vivíamos el retiro que, al enterarse que yo era jesuita, me solicitaba que les bendijera el “agua de san Ignacio”. Me sigue maravillando la devoción, sencillez y hasta la gratitud con la que reciben el agua bendita tan preciada para ellos y valorada como una antigua tradición heredada de sus antepasados. Sin embargo, también he comprobado que se tienen ideas muy erróneas sobre los usos que se le puede dar a esta antigua y devota tradición eclesial. Movido por la curiosidad, me detuve a preguntar sobre el uso que le darían al agua de san Ignacio y, algunas personas respondieron con toda tranquilidad que el agua ignaciana puede alejar “el mal de ojo, las maldiciones y las brujerías”. A veces hasta la influencia negativa de una suegra posesiva y entrometida –aseguraron-. Otras personas mencionaron otra clase de torpezas que ni siquiera vale la pena mencionar.

Debo confesar con tristeza que con mucha frecuencia me piden la mencionada bendición debido a la nefasta influencia de los medios masivos de comunicación. Cada vez es mayor la presencia de charlatanes que, fundamentalmente por televisión y crecientemente por mensajes recibidos en teléfonos celulares, aseguran tener el conocimiento del futuro, las llaves para ganar el amor de la pareja o, incluso la clave para la obtención segura y fácil de poder y riquezas. Estas personas llegan a la desfachatez de recomendar el uso del agua bendita para sus “curaciones y conjuros”. Otras veces he constatado con tristeza que, en algunas parroquias, se ofrece como “agua de San Ignacio”, la que sale de una simple llave y asunto resuelto porque ya se tiene un medio más para recibir un ingreso económico. Es un hecho lamentable cómo los sacerdotes podemos propiciar estos errores si dejamos que la gente crea en estas cosas al no aclarar cuándo las bendiciones, las reliquias e incluso las peregrinaciones, pueden ayudar –o no- a fortalecer nuestra fe en el único y Absoluto Señor.

Por todo lo anterior, me ha parecido necesario clarificar qué es “el agua de san Ignacio”. En primer lugar, no es alguna de esas aguas minerales que se prescriben como remedio a ciertas dolencias, por sus propiedades salutíferas derivadas fundamentalmente de su composición química. Tampoco es, de ninguna manera, un tipo de elixir o preparación prodigiosa que se usa para ahuyentar los males. Ni siquiera es agua procedente de Loyola, Manresa u otro de los sitios relacionados con la vida e historia del Santo fundador de la Compañía de Jesús, a la manera, por ejemplo, del agua de Lourdes que procede del celebérrimo santuario de Nuestra Señora, en Francia. El agua de san Ignacio es ahora agua natural, pura y ordinaria que se usa en honor y recuerdo de san Ignacio de Loyola para alcanzar -por su intercesión-, alguna gracia o favor especial. Procede de prácticas muy antiguas siguiendo los ejemplos que se narran en las Sagradas Escrituras, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento en donde vemos cómo Dios escoge el agua para realizar grandes prodigios y curar graves enfermedades.

Nuestra Iglesia Católica ha autorizado siempre su uso al igual que la devoción al uso de determinadas reliquias que se emplean también para pedir la salud u obtener otros favores. Ya desde el siglo VI tenemos noticia del uso del agua de san Germán para curar dolencias y fiebres. El agua de san Ignacio comenzó a ser usada poco después de su muerte en julio de 1556. Muchos casos de curaciones fueron testificados en el proceso de beatificación y canonización que culminó el 12 de marzo de 1622. Este proceso ejemplifica también muchos casos en los que el agua -usada en recuerdo del hombre de quien se estaba probando su santidad- había procurado la reconciliación entre familias y la pacificación de muchas personas atormentadas por las influencias y trampas del mal espíritu. Aun cuando los sitios en los que vivió durante su largo peregrinaje el gentilhombre de Loyola eran ya visitados y venerados por mucha gente, el primer milagro aprobado en la causa de canonización, en la ciudad de Burgos en 1599, pero no se hace ninguna alusión al uso del agua. Durante el proceso, se testificó que, en 1606, muchos enfermos que no hallaban alivio a sus dolencias, fueron curados por intercesión de Ignacio de Loyola al aplicar aceite de la lámpara que ardía en la cueva de Manresa o aplicándose un poco de agua de la misma cueva.

P. Jaime Emilio González Magaña, S. I.
Domingo 9 de Agosto de 2015.

 

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