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RELATOS SIN TIEMPO

  El pasado se alimenta de los momentos presentes (S. Guitry)                             

Manuel Barbosa Ramírez

LA CAPILLITA DE LOURDES
De pura casualidad me encontré la foto del encabezado, “La Capillita de Lourdes”, que en la imagen se dice que es el Templo de la Divina Providencia, imagen que me ha dado pie para hacer un par de escritos en esta mi columna.
Primero,  me hace recordar aquellos juegos de la barriada en los años 40s. del siglo pasado, cuando mi familia vivía por la calle de Guerrero casi enfrente de la esquina donde vivía y tenía su particular capilla el “Padre Don Luciano”. Muchos de los juegos de aquella inocencia infantil,  se daban por la noche en espacios cortos, porque generalmente al filo de 8: de  la noche salía la hermana o la mamá a gritar nombre de sus hermanos (hijos): ¡Fulano, zutano, véngase a cenar!, y después como  en muchas familias se daba el rezo piadoso  del rosario.
Aunque no era muy frecuente no sé porque recuerdo el de “Matarile, rile, rile, rile…” donde participaban tantos las chiquillas como chiquillas, después de cantar la primera estrofa: Bombate Matarile, rile, rile, rile… ¿qué quiere usted matarile…?, la contestación era: “Quiero un poema matarile, rile, rile, matarile, rile, lon…”;  no recuerdo por qué, pero de alguna manera a los niños medio amujerados, con el tiempo se atribuían en apodo de “Matarile…” 
Esto es una muestra de uno de los tantos juegos de entonces, dentro del los cuales era una muy sencillo: “a la pégala”, que bien podía ser de “pader a pader” o a la “del sentón”; el de los encantados; otro cuyo nombre no sé cual,  fuera el caso que sobre la banqueta se sentaba parte del grupo, y enfrente el otro grupo, donde uno de ellos decía: “Que venga el diablo con sus 25 cuernos”, o “Que venga el ángel con sus 2 alas” –  aquí una personal apreciación: al mal se le atribuían 25 defectos y al ángel, el bien,  solo la dos cualidades –del juego;  en fin que era una serie de juegos de una ingenuidad que hoy brilla por su ausencia y los niños de ahora viven atrapados por ese mundo juegos electrónicos que se dan por todos lados.  
 En ese tiempo la luz eléctrica que nos llegaba de la “Cía. Eléctrica de Morelia”, llegaba a las 7: de la noche y continuaba hasta las 7: de la mañana del día siguiente; de tal suerte que era obligado madrugar para ir al molino antes de que se fuera la luz; y cuando se iba la luz por la mañana en el pueblo, era una tragedia, porque había necesidad para ir a “La Yerbabuena”, para que molieran el nixtamal, para echar las tortillas, cuyo comal estaba generalmente en una de las esquinas de la cocina; no olvido la preocupación de “Licha mi tía”, cuando se daba el que se fuera la luz.  Por cierto no olvido que frente a “la esquina de Pancho Ibarra” – Insurgentes y Aldama – estaba un molino, y era parte de un establo donde tenía vacas para ordeña del P. Barragán, donde vendían la leche, base de los alimentos de la gente del pueblo, sobre todo en el desayuno, acompañado con una pieza de pan, camote tatemado, calabaza, o con un uchepo o con un tamal de masa. 
Por lo limitado de servicio de luz, eran escasas las casas donde se tenía un radio; en nuestro caso afortunadamente, a pesar de modesta situación económica de la familia, mi papá siempre nos compró un radio, donde escuchábamos la W, lo que nos dio la oportunidad de escudar desde sus inicios los cuentos y canciones de Fráncico Gabilondo Soler, “El Grillito cantor”, y ya para acostarnos al filo de las 10: de la noche, escuchar “La Hora del Recuerdo” a través de la frecuencia 580  de la radio XEAV de Guadalajara, aquel programa que conducía D. Agustín Romo de Vivar, y siempre empezaba con la melodía de “La paloma” con la particularidad que tenía el acompañamiento de castañuelas.  
Era un pueblo de noches tranquilas, iluminadas en algunas de sus calles por aquella luz mortecina de focos de 60 Wats., que de vez en cuando su tranquilidad era interrumpida por las noches del algún enamorado que le llevaba gallo a la novia, generalmente con la Orquesta de Urbano Cuevas,  antes de que llegara “Chema Sosa” con su mariachi, y cuando todavía los tríos no tenían la misma presencia que surge sobre todo a partir de trío? “El cuarteto Bohemio”, que por mucho tiempo fue integrado por “Guicho” el cantante, Rosendo “El Buenote” con su guitarra, Marín,  el del requinto, y “La Popocha” – de nombre Salvador –con el guitarrón o con el bajo, que se le daba el nombre de “Tololonche”.
Las canciones de aquellos ayeres era verdaderos poemas, y los artistas o contantes tenía su éxito gracias a la frecuencia con que se escuchaban sus canciones, ajenos a los brincos y machicuepas que dan hoy en día  los cantantes por medio de la televisión. Hay una canción típicamente sahuayense: “Nuestro encuentro” cuya grabación de años la tengo en voz de “Luis el Cantor”, y entiendo que se le dio un arreglo a una canción norteña que se llama, “Vida de mi vida” que cantan Los Gorriones del Topo Chico. A propósito, tengo vagos recuerdos de que Tere, la de María Villanueva (que vivía al lado norte de la casa y que después casó con Guillermo Amezcua – , su primer novio, Layo, un hijo de D. Estanislao Amezcua, “Don Layo”, en alguna ocasión le llevó serenata, también creo que a una de las hijas – Ma. Luisa o María –  de Luis Sánchez, vecino que vivía enfrente “Del Padre Don Luciano”; sin duda entre las canciones estaba la de “Nochecita” y otras propias para el repertorio de la orquesta.  
¡Ah! los recuerdos de aquel apacible y tranquilo pueblo de Sahuayo que ya jamás volverán.

 


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