BUENA NUEVA”                                                                                                        PBRO. JOSE OCEGUERA MENDEZ

 

“QUIEN HACE EL BIEN”...

(DOMINGO 30 DE SEPTIEMBRE 2018)

 

Efectivamente: quien hace el bien… no esta lejos de Jesús. Porque Jesús, es el sumo bien. Es la fuente de la alegría. Y Él no tiene envidia de quien haga el bien a los demás. Y la razón: “todo aquel que no está contra nosotros, está a nuestro favor”. Qué importa que no esté totalmente integrado a nuestracomunidad. Es importante ser parte de la comunidad que conforma la comunidad de Jesús. Pero puede alguien estar haciendo el bien y de Él, el Señor se expresara: “no está lejos del reino”.

DIFERENTE EL CASO…

De quien induce a otros a abandonar la fe en Jesús-Mesías. En este caso, habremos de entender que: escandalizar, significa apartar a alguien que, busca la verdad. Y Cristo es La Verdad. Él lo dijo de sí mismo: “Yo Soy el Camino, la Verdad y la Vida”. “Un solo Dios, una sola fe, un solo bautismo”.

“LA VERDAD NOS HACE LIBRES”.

Pero la mentira nos aleja de la verdad y nos sitúa en el lugar de los esclavos que “se dicen” libres. Y en nuestros días, aparecen por todas partes, invitaciones de todos los colores y tendencias a rescatar la “libertad”, cuando en el fondo, se trata de un engaño, con apariencia de “verdad”. Razón de más, para vivir despiertos y en actitud de “cribar” cada noticia, cada rumor, cada información.

PARA EL CREYENTE

La regla de oro es: no alejarnos de la verdad absoluta que es Cristo-Jesús, ante la mentira del maligno que, “busca a quien devorar”…

 

La Iglesia como Misterio

 

Para amar a la Iglesia, como es, santa y pecadora, conviene hacer una primera consideración: necesitamospedir la gracia de tener una actitud de fondo que no es otra sino de un grande respeto ante el misterio. La Iglesia no es primariamente una institución jurídica, tampoco es un grupo; es, ante todo, un misterio. Como misterio, la actitud ante ella debe ser fundamentalmente de fe. Si la amamos, no es porque sea razonable, ni porque sea eficaz, ni porque sirva para nuestros intereses, ni mucho menos porque sea perfecta, sino porque, simple y sencillamente, es un misterio querido por el Señor. Para entenderlo, hay tres características iluminadoras, descritas por San Ignacio de Loyola en sus reglas para sentir en la Iglesia.La regla primera dice así: “Depuesto todo juicio, debemos tener ánimo aparejado y pronto para obedecer en todo a la verdadera esposa de Cristo nuestro Señor, que es la Santa Madre Iglesia Jerárquica” (EE., Nº 353). Al menos dos veces se habla de la Iglesia como la “esposa de Cristo nuestro Señor” (Regla 1 y regla 12).

Esta imagen se sitúa en la línea profética de Oseas y Jeremías y tiene ecos paulinos (cf. Efesios) y juánicos (cf. visión nupcial de los textos de la resurrección). Nos invita no sólo a pensar en el amor de Cristo por su esposa sino también en la unión que Él tiene con ella. Aun cuando mucha gentre sin escrúpulos pretenda negarlo hoy en dia, el hombre y la mujer se hacen “una sola carne” en el matrimonio del mismo modo que Cristo y su Iglesia. San Ignacio, quien en sus escritos espirituales y ascéticos no usa la metáfora nupcial como otros místicos, no duda en privilegiar la imagen de la esposa para referirse a la Iglesia, porque ella es el gran amor de Jesucristo. Por ella, el Señor ha dado su vida y al destino de ella ha quedado Él definitivamente ligado. La idea de esposa está también ligada a la fecundidad y ésta es la segunda característica que queremos recalcar. La Iglesia no sólo es la esposa de Jesucristo, sino que es nuestra madre, es el lugar donde nosotros hemos sido engendrados a la fe. Hemos recibido la fe en la Iglesia y de la Iglesia. No hay que olvidar que el anuncio de Jesucristo ha sido y es recibido gracias a la Iglesia. El Evangelio mismo fue escrito por la Iglesia.

La primera comunidad, acechada por múltiples problemas, hizo memoria, interpretó y adaptó las palabras de Jesús que en ella se habían conservado. La palabra de Jesús se hizo vida y comunidad; y fue guardada como un tesoro. Toda la tradición de la Iglesia ha hecho posible que hoy creamos; por eso, la Iglesia es, para San Ignacio, la Santa Madre Iglesia. Nos ha alimentado, nos ha hecho crecer, nos ha conservado en la fe. Está por demás decir que a la connotación de fecundidad en la palabra “madre” se añade una obvia nota afectiva, que marca un tipo derelación. La madre no sólo es fuente de fecundidad; es también fuente de amor.La tercera característica o motivo profundo por el cual la Iglesia no es sólo una institución o una comunidad o un grupo de hombres, lo expresa Ignacio en la regla 12: “Creyendo que entre Cristo nuestro Señor, como esposo, y la Iglesia su esposa, es el mismo Espíritu que nos gobierna”... (EE., Nº 365).El Espíritu de Jesús es el mismo Espíritu de la Iglesia. Él la anima, la hace vivir, la hace renovarse, hace que tenga vitalidad.

 

El Espíritu de Jesús permite que haya continuidad real entre Jesús y la Iglesia o, dicho de otro modo, que la Iglesia sea el cuerpo de Jesús. Esta visión creyente ante la Iglesia se enfrenta a otras visiones que, aunque legítimas, si se hace exclusivas terminan devaluando el verdadero misterio.Por ejemplo, es frecuente hoy hacer frente a la Iglesia una reflexión de corte sociológico, sin embargo, esa es una perspectiva parcial que no sólo es posible sino muchas veces necesaria. Se trata de una adaptación actual, más secularizada, de aquellas corrientes teológicas que entendían a la Iglesia como “sociedad perfecta” en la que aparece, ante todo, como una organización. Esta organización está dotada de influencia social y a su vez es influida. Posee una fuerza susceptible de apoyar o frenar los cambios de la sociedad etc. Otros, en el ámbito de la teología, contraponen Iglesia y Reino insistiendo en la importancia del Reino que no puede identificarse con la Iglesia y que es el verdadero objeto de la predicación de Jesús. En esto tienen razón, sólo que no profundizan el lazo misterioso y sacramental entre la Iglesia y ese reino de Dios. Si en una época se identificó indebidamente la visibilidad de la iglesia con el Reino de Dios, hoy podemos degradar su relación con el Reino; es un germen, un sacramento. La Iglesia, en el plan de Dios, no es una alternativa del fracaso. Jesús formó hombres y se hizo ayudar por ellos para hacer posible el anuncio de la Palabra y la vecindad del Reino. Visto con los ojos de los hombres, es evidente que Jesús, al morir, fracasó. Los discípulos no entendieron nada. Vinieron a comprender el misterio gracias a la acción del Espíritu Santo que les fue derramado en la Iglesia, en esas circunstancias, comprendieron la mente de Jesús y tomaron el relevo.


P. Jaime Emilio González Magaña, S. I.

 

Domingo 30 de septiembre de 2018.

 

 




 
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