"BUENA NUEVA”                                                                                                        PBRO. JOSE OCEGUERA MENDEZ

“JESUS ANTE LA LEY”

(DOMINGO 11 DE NOVIEMBRE 2018)

 

Fuertemente crítico. Su doctrina fue terminante: “La ley se hizo para servir alhombre”…y partiendo de esta premisa, siempre se enfrentó a los escribas. “Doctores de la observancia de la Ley”. Y dado que la ley tenía aplicación en el foro de conciencia y en la justicia legal, el resultado era que el pueblo resultaba cautivo de la legalidad. El pueblo, porque los jefes de los judíos, “ni con el índice eran susobservantes”…

RIGOR DE LA OBSERVANCIA DE LA LEY          

Extremo: “ojo por ojo y diente por diente”.Traducción: observancia vigorosa hasta rayar en lo inhumano. En conclusión: elhombre no importaba; importaba la ley. “dura lex, sed lex” (dura es la ley, pero es la ley). Ante esta realidad, Cristo se manifestaba siempre contrario; y lo expresaba sin componendas. El Pueblo lo sabía y lo admiraba. No así los jefes de los judíos. Jesús lo sabía, pero nada ni nada lo detenía. Su palabra era altamente profética: nada le arredraba. El sabía que le costaría la muerte y muerte ignominiosa; pero era el precio de nuestra redención:… “a precio de Sangre”…

EN NUESTROS DIAS

El escenario es acaso todavía más cruel… nuestro mundo esta técnica y científicamente “cartelizado”…como consecuencia de la impunidad generalizada. Pareciera que la ley, solo debe aplicarse al indefenso y no al culpable… en muchos casos… el pueblo vive bajo el azote de la ley. ¡Diostenga piedad de su Pueblo!!....

 

Tumbas solas, flores secas y agua podrida

 

Una de las imágenes que siempre me ha llenado de una dolorosa tristeza es ver los panteones una semana después del día de muertos. Contemplo las tumbas nuevamente solas, las flores están secas en agua podrida y los recuerdos han sido nuevamente almacenados. La costumbre dice que hay que hacer un paréntesis para  recordar a quienes se nos han adelantado en el camino de la vida. La visita a ese lugar tan especial se desarrolla casi siempre con un ritual mecánico y repetitivo. En ocasiones, con una curiosidad un tanto morbosa, se visitan las tumbas de quienes han sido sepultados ese año. Si el trajín del arreglo de la tumba lo permite, se insinúa una oración y –a veces- aparece una lágrima un tanto forzada. El miedo, un remordimiento no confesado o un dolor jamás expresado se enmascaran con diálogos insulsos hasta tener la sensación de haber cumplido con el rito. Casi siempre se impone la liturgia establecida y evitamos una conveniente reflexión sobre la única certeza que tenemos en el sentido de que, aunque no sabemos ni el día ni la hora, todos estaremos en un lugar semejante.

Debo confesar que a mí no me gusta visitar los cementerios, ni en el día de muertos ni en otro día. Quizá sea por la tranquilidad –o la comodidad- que me da saber que mis hermanos realizan esta labor con una fidelidad devota que yo jamás podría conseguir. Con el paso del tiempo, me reafirmo en mi convicción de que mis seres queridos no están ahí, que han resucitado como lo creo, lo espero y lo predico. Si no lo creyera desde el fondo de mi ser, si no lo esperara como la hermosa promesa de que un día nos encontraremos para no separarnos jamás, mi fe, mi vocación, mi predicación y mi vida -como lo afirma San Pablo-, estarían vacías. El recuerdo de “su tumba” me resulta, sí, un acicate para pedir el coraje de seguir madurando -a pesar de mis años-, para no vivir lo que me queda de vida sometido a ritos y costumbres que me llenen de miedo, cobardía o mediocridad.

Me anima el hecho de creer, con toda el alma, que lo único que perdura es el amor. Que éste es la única realidad definitiva por la que va a ser juzgada mi vida, lo que hice o dejé de hacer. Me sostengo en el mandamiento del amor que nos dio Jesús como legado en su última cena: “Que se amen unos a otros. Ustedes se amarán unos a otros como yo los he amado. Así reconocerán todos que ustedes son mis discípulos: si se tienen amor unos por otros” (Jn 13, 34-35). Querría seguir el consejo de San Ignacio de Loyola que enfatiza que “El amor se debe poner más en las obras que en las palabras”… y, ciertamente, más que solo en sentimientos. Es más, añadiría que para mostrar el verdadero amor, deberíamos insistir en buscar tener la percepción verdadera de las personas, es decir, centrar la atención que lleva a la auténtica consideración y a la mirada con la que percibo al otro. Una mirada simple, tierna y compasiva,simplemente, como la de Jesús.

Muchos de nuestros problemas con los demás vienen porque no somos capaces de renunciar a nuestras propias concepciones, ideas o juicios y no nos atrevemos a perdonar porque eso implica reconocer que hemos sido nosotros quienes nos hemos equivocado y no los otros. Amar significa ver al otro con una mirada atenta que quiere descubrir su verdad y vaciarnos de todo contenido preconcebido y egoísta. Implica descentrarse de sí mismo para acoger al otro como un ser que se contempla diverso, complementario y no siempre como mi enemigo o mi adversario. Ver al otro tal como es, en toda su verdad, es sumamente difícil pues exige desprenderse de uno mismo. Nuestra percepción, un tanto deformada, nos remite siempre de manera espontánea a nuestro ego, a nuestros miedos, a las cadenas que nos atan a un pasado quizá doloroso que no acabamos de sanar. Percibir al otro como es, nos ayudaría a subir un primer peldaño hacia el verdadero amor que no podemos pasar por alto, ya que sin él, todo lo demás es inalcanzable.

Ahora que las tumbas están solas, las flores secas y el agua podrida, aun las lágrimas furtivas podrían animarnos a ver a los vivos con ojos misericordiosos, con una mirada de amor compasivo que no lleva cuentas del mal sino que todo lo perdona, todo lo olvida y nos anima a dar vuelta a la página y comenzar de nuevo. Nos invitan a percibir a nuestros familiares, amigos y aun a nuestros enemigos tal como son, con una mirada que no sea selectiva y que nos lleva a querer ver sólo lo que nos conviene. El recuerdo de los muertos podría lanzarnos a ver al otro en su verdad, sin intentar reducirlo para que encaje en nuestro enfoque. Obviamente que esto implica que aprendamos a no condenar, a no criticar y a no exigir que los demás sean como exigimos que sean. Sin embargo, me doy cuenta que, a pesar que hemos recordado la muerte, seguimos creyendo que son los otros los que enferman y mueren, sin darme cuenta que yo podría estar mañana en  un horrible ataúd en una funeraria. Y, tal vez por eso, ante la magnitud de la tarea, asumo que me resultaríainfinitamente más fácil aprender a ir al panteón.

 

P. Jaime Emilio González Magaña, S. I.

Domingo 11 de Noviembre de 2018.

 

 




 
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