"BUENA NUEVA”                                                                                                        PBRO. JOSE OCEGUERA MENDEZ

“JESUS, DESPEJO LA DUDA DE PILATOS”

(DOMINGO 25 DE NOVIEMBRE 2018)

 

Recordando la escena: Poncio Pilato estaba grave: grave de envidia, de desconfianza y de inseguridad en si mismo; “harto de todo… y lleno de nada”… no le faltaba palacio… para alimentar su vanidad. Su alimento cotidiano eran el ocio y el poder. Pero nada le hartaba. A ratos le fallaría el apetito, pero no el gusanillo del poder. Y en el fondo de sus intestinos… se movía un vacío: la personalidad del Nazareno, acerca del cual, tenía muchas dudas… le había llegado la noticia que decía ser Rey. Y este rumor le espantaba el sueño…

POR ESO UN DIA…                                                        

Decidió hacerlo comparecer. Ya frente a Él, le increpó:”…luego tu eres Rey”…?- “tu lo has dicho: “Yo Soy Rey”.Pero no te asustes; “Mi Reyno no es de aquí”… pero era aquí y ahora donde estaba haciendo sentir su impacto social… lo cual tenía inquieto al monarca. Que tendría que hacer para entender la declaración del compareciente extraño: “Yo Soy Rey”?... Era la angustia del tirano. No estaba lejos el momento en que, finalmente, quedaría al descubierto: “Verdaderamente era el Hijo de Dios”… reconocimiento tardío… nada serviría  a Pilatos para sanar de su asombro…

Y LLEGADO EL MOMENTO…                                 

El Nazareno asumió  el reinado, mientras que Pilatos: perdió el cetro y la corona… “sic transit gloria mundi” (así transcurre la gloria efímera del mundo). Y está escrito: “lo que fue ayer, es hoy…” “lo que hoy… sera mañana”… moraleja: ¡vivamos el hoy de Dios”: se llama Jesús de Nazaret…

 

Iglesia en una sociedad líquida

 

Una Iglesia que se abre al mundo, que sale de la sacristía y se aleja de la repetición de un culto monótono y vacío, excesivamente enraizado a una liturgia que deja de ser fuente y culmen de la espiritualidad y se convierte en una máscara para ocultar la falta de una auténtica caridad pastoral, corre el riesgo de ser criticada y perseguida.  Esto no podría ser de otra forma pues es una realidad que la necesidad de servir y de seguir a Jesús pobre y humilde y de ser fermento entre los hombres, trae aparejado también el peligro de activismo o el peligro de pérdida de identidad y de secularismo. Si la Iglesia en su deseo de apertura se “camufla” en el mundo y no se atreve a decir su palabra, que es la palabra de Dios, se convierte en la sal que ha perdido su sabor o en la vela que se enciende debajo de la cama. Es verdad que hemos cometido muchos errores cuando se han politizado muchos movimientos que han partido de la base pero se ideologizaron al grado de secularizarse.

Lo más fácil y cómodo sería criticar farisaicamente la voz de la jerarquía, cuyos mensajes han sido, probablemente, demasiado reiterativos al grado de que han perdido su fuerza porque no han sido creíbles pues denotan un doble mensaje entre la belleza de las palabras y la pobreza de una acción realmente cercana al pueblo y sus necesidades más profundas. En esta sociedad en la que parece que “todo se vale” y en la que hemos perdido los valores más elementales, sería conveniente verificarnuestro testimonio cotidiano de comunión entre el laicado, el ministerio ordenado y la vida consagrada. Si no luchamos cada día en favor de la humanidad donde hay tanto riesgo de deshumanización, en la familia, la medicina, el trabajo, la economía, la política, dejamos de aportar al mundo el fermento de la fe.Éste, sin duda, es un tema complejo pues sabemos que los laicos a quienes Dios tanto ama, están llamados a ser testigos, pero también necesitan comer, vestirse y tener un techo, requiereneducarse y educar a sus hijos, trabajar y asegurarun futuro personal y para la familia, etc.

Ante esta situación, aunque muchas veces nos parezca obvio y, por lo mismo no lo vivimos, los sacerdotes y religiosas “de a pie” deberíamos hacer un examen de conciencia sobre lo que hemos trasmitido y la validez de nuestro testimonio cuando, normalmente, lo tenemos todo asegurado.Es un hecho que ninguna de esas cosas, que a veces con desprecio son llamadas contingentes, son indiferentes para Dios... La Iglesia no puede desentenderse de ellas. Es difícil, sin embargo, abordar estas realidades desde el ángulo específico de la Iglesia. Con todo, se ha dado un paso irreversible para hacer relevante la fe en medio de las realidades y conflictos de la vida humana. Sin embargo el llamado del Concilio Vaticano II que impulsa a la Iglesia a captar lo vivo de la existencia humana, puede llevarla también a un exceso de “adaptación” a los criterios del mundo, por lo que necesita reformular su moral, debe hacer significativas las exigencias del Evangelio para el hombre de hoy; pero en su deseo de cercanía no puede silenciar la locura de la cruz y el escándalo del cristianismo.

La Iglesia debe ser fiel a su propia doctrina y más aún a Jesús, su Maestro. La necesidad de servir, de abrirse, de mirar fuera de ella misma, debe ir unida a una gran fidelidad a la propia identidad y misión. Los problemas son complejos y difíciles; no son fáciles las soluciones frente a la vida política y económica, frente a la moral sexual, frente a la técnica, al respeto a la vida, etc. El mundo ha cambiado y la Iglesia no puede mantenerse al margen. En este contexto de misión, de comunidad servidora, la Iglesia en América Latina ha debido asumir opciones especiales como expresadas en los resultados de las Conferencias de Río de Janeiro, Medellín, Puebla, Santo Domingo y Aparecida que hicieron una lectura latinoamericana del Concilio Vaticano II. La opción por los pobres y el deseo de propagar la justicia son algo inevitable y fundamental para nuestra Iglesia y debe ser asumida valerosamente, pero como toda opción, tiene inevitables riesgos que deben ser asumidos y con discernimiento espiritual para verificar que sea auténticamente cristiana.

Durante mucho tiempo nos amenazó el peligro de politización; ahora podríamos preguntarnos si no corremos el peligro de una nueva evasión espiritualista o idealista. La dimensión política es necesaria en la vida social; debe ser asumida maduramente y con coraje, por la fe y por la verdadera caridad. La Iglesia postconciliar la ha redescubierto y ha visto en la acción política un campo muy propio del laicado. Se trata de asumir realmente esta inmersión y empaparla de Evangelio, situándola equilibradamente en el conjunto de la vida humana. La vocación de la Iglesiatiene que responder a la misión de servicio al hombre concreto para la construcción de una sociedad más justa y para preparar el reino del Señor. Ahora bien, el clima individualista de nuestra líquida postmodernidad puede infiltrarse también en los creyentes con la tentación de retirarse de los asuntos públicos o abordarlos de manera puramente técnica, sin tomar suficientemente en cuenta la enseñanza social católica.

 

P. Jaime Emilio González Magaña, S. I.

Domingo 25 de Noviembre de 2018.

 

 




 
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