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EL VIENTO NO ES PARA SIEMPRE

Por Jorge Martínez Villaseñor
(http://cronistajiquilpan.blogspot.com/ )

“La vida y los tiempos de la legendaria Güera Rodríguez y su intervención en la Independencia de México ”

XXVII

En estos meses transcurridos donde más felices habían sido era en sus paseos al campo. Lo había llevado a todos los alrededores de la ciudad dignos de ser conocidos.

La conducta de ambos, durante ése tiempo había sido la de dos felices novios que viven los mejores días de su amor. De unos cuantos besos y apretones de manos no habían pasado. Ella no lo había dejado avanzar más, no por el qué dirán, Pues de todos modos ya lo estaban diciendo, Sino porque tenía el temor que al entregarse al poco tiempo como generalmente sucedía, don Agustín se cansara de ella y terminaran sus relaciones.

Ante éste temor se sentía desfallecer El tormento y la duda de poder perder a su amado, eran algo que no había experimentado hasta ahora y aún no sabía cómo manejar correctamente éstos sentimientos.
Recordaba muy bien su primera salida al campo había sido en las fiestas a la virgen de Guadalupe, al cerro del Tepeyac desde allí habían contemplado la panorámica del Valle de México surcado de canales, con los espejeantes lagos de Texcoco y Xochimilco al fondo.
A la izquierda, pareciendo muy cercanos tanto que casi se podían tocar debido a la transparencia del aire se veían los dos nevados volcanes, el Popo y el Izta, que daban a la capital un aspecto muy diferente a todas las demás ciudades de la Colonia.

En la placidez del ambiente, donde las nubecillas de humo de las cocinas de la ciudad flotaban largo tiempo al aire sin disolverse podían contarse la infinidad de torres y campanarios de las iglesias de México, más que en Querétaro según decían al centro podían verse las torres de la Catedral, e l rumor de las campanas llamando al mediodía hizo que todos cesaran en sus ocupaciones y permanecieran por un minuto extrañamente inmóviles, Los hombres con la cabeza descubierta mientras todos musitaban muy quedos el Ave María. Esta era una bella costumbre ancestral la de honrar al mediodía a la madre del cielo.  Al contemplar tanta paz que los rodeba, era difícil imaginarse  que meses antes toda esa región hubiese estado bañada de dolor y sangre.
Para las Navidades habían ido a San Agustín de las Cuevas, a Tlalpan, que por su aspecto parecía alejada a cientos de leguas de la capital.

Allí todo era rústico provinciano y pacífico, Tlalpan era famosa por sus grandes cuevas que se adentraban en las altas montañas que la rodeaban y por la belleza de sus paisajes donde el campo lucía en todo su esplendor San Agustín tenía calles amplias y aterradas, algunas empedradas ya con grandes y añosos árboles a sus lados. Ese día en su centro había gran animación Carrozas, carros ligeros de dos caballos, gallardos charros montados en briosos caballos y fuertes y recios campesinos circulaban entre la alegría de la gente, que celebraba la verbena de fin de año, con una feria popular donde había de todo, puestos de fritangas, juegos de naipes, de albures. Había cohetes, luces, música, y guitarristas ciegos entonaban lastimeras melodías.
Dejando atrás los festejos llegaron hasta el arbolado atrio del templo de San Agustín, que daba nombre al lugar, e Iturbide pidió entraran un momento a rezarle a su santo patrón y a la virgen del Rosario, que sabía también allí se veneraba y de la cual era muy devoto.

El templo estaba lleno de fieles, que de rodillas o parados en silencio, rezaban devotamente ante las imágenes bellamente talladas que descansaban sobre barrocas columnas ricamente doradas.
Al salir, terminados los rezos ella le preguntó el porqué de la devoción al santo de su nombre Entonces don Agustín le contó la extraña historia de su nacimiento.

Su madre doña María Josefa Aramburu había estado a punto de morir entonces, pues el parto se había prolongado casi cuatro días Y sus padres desesperados recurrieron a la ayuda del cielo. Se decía que en el convento Agustino de Valladolid, la capa de Fray Diego de Basaleque, un agustino muerto en olor de santidad, hacía grandes milagros Y con su madre también había hecho uno, Ella en cuanto sintió sobre su cuerpo la capa del santo, pudo al fin dar luz felizmente Y en agradecimiento al santo le habían puesto a  el,  el nombre del fundador de la orden; Agustín, junto con los nombres de Cosme y Damián que él nunca usaba.

Por ello, desde ése día en cuanto tuvo razón de entenderlo sus padres le habían inculcado a la idea de que estaba llamado a muy altos designios unidos éstos a la religión El cielo lo había salvado para una misión muy especial No cabía duda.

Recordando todo ello, doña Ignacia seguía pensando que aunque verdadera ésta había sido una extraña historia que arrojaba una nueva luz sobre el porqué del carácter de su amado.

Después, habían llegado las lluvias y los aires helados del invierno y no habían podido salir al campo más En ése intervalo Iturbide había querido avanzar en la conquista de su amor pero ella de nuevo lo había rechazado diciéndole que primero debían estar muy seguros los dos de sus sentimientos.
Luego con el comienzo de la primavera habían vuelto de nuevo al campo En la excursión a caballo que hicieron a San Ángel, al pasar por la vieja capilla de Chimalistac emplazada junto al camino a San Ángel y junto al antiguo puente que llevaba a éste poblado, Agustín se extrañó  que esta estuviera erigida en un lugar tan desolado.

Doña Ignacia recordó una vieja leyenda acerca de ella. En ese mismo paraje, hacía muchos, muchos, años un rico comerciante había sido atacado por unos ladrones y dejado por muerto después de robarle, Este había jurado en su agonía a la santa virgen del Carmen erigirle allí mismo una capilla si lograba salvarse. Con sus donativos se habían comprado parte de los terrenos donde se erigiría poco después el convento del Carmen. Ahora ésta capilla se encontraba en la esquina del gran huerto de dicho convento, que se encontraba pasando el río. Allí se decía estaban en largos túneles que pasaban bajo la iglesia y el convento todas las momias de los monjes que habían vivido en olor de santidad, algunos de cuyos cuerpos habían permanecido incorruptos. Ella nunca había querido verlas todas esas cosas siempre le causaban horror…  (Continuara)

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