“EL VIENTO NO ES PARA SIEMPRE”
“EL VIENTO NO ES PARA SIEMPRE”
Por Jorge Martínez Vilaseñor
( http://cronistajiquilpan.blogspot.com/ )
“La vida y los tiempos de la legendaria Güera Rodríguez y su intervención en la Independencia de México “
XXVIII
Al pensar en la muerte, se estremeció visiblemente al sentir el helado soplo de ésta como un presentimiento , llegarle al corazón por un momento quedó extrañamente temerosa y turbada y para distraerla de tan lúgubres pensamientos, don Agustín comenzó a caracolear su caballo. Al moverlo, como si bailara no de frente sino de un lado a otro, luego lo hizo brincar, trotar, bailar rítmicamente pararse de manos y sin sostener las riendas con solo la fuerza de sus piernas en sus flancos lo hizo dar la vuelta hacia ella, luego el magnífico caballo ruano que montaba terminó inclinándose ante la montadura de ella como buscando su aprobación.
Doña Ignacia aplaudió entusiasmada, Agustín, su Agustín era un magnífico jinete y felices entre risas continuaron su camino.
El helado momento en que había presentido la sombra de la muerte posarse sobre ellos, había pasado.
Por el camino, al felicitarle por lo buen jinete que era, Agustín volvió a evocar su pasado, suministrándole nuevos datos sobre él. Desde muy niño había comenzado a ocuparse del cuidado y manejo de las haciendas de su padre, Vigilando la cría del ganado y dedicándose a la doma de los caballos, Cuando tenía catorce años ya era un excelente jinete y ganaba todas las competencias, La gente al verlo decía que tenía un estilo muy propio de montar y que aún de lejos podían saber que era él, al ver las acrobacias que ejecutaba con los caballos.
Esta habilidad le había servido mucho para entrar al cuerpo de la milicia del ejército, como uno de los abanderados del regimiento, cuando apenas había cumplido los dieciséis años había entrado junto con sus amigos Ruperto Mier y Teran, Juan José Martínez de Lejarso y Ramón Huarte, Este último había sido su mejor amigo y al frecuentar su casa había conocido a Ana María, la que ahora era su esposa.
Al llegar a ésta parte Iturbide había cambiado rápidamente de tema y así, hablando de otros asuntos, se habían llegado hasta San Ángel…
Otro de aquellos paseos campestres, su preferido era el de la Fuente de la Tlaxpana. Varias veces habían vuelto a ese lugar, este estaba por la Ribera de San Cosme, llena de huertos y deliciosos paseos arbolados sembrados de fuentes y arroyuelos que brotaban por doquier. Este era el lugar preferido por la aristocracia para sus paseos y fiestas de verano. De entre todos los establecimientos públicos el Tívoli de San Cosme era el lugar más selecto, donde se realizaban las más brillantes fiestas campestres Había de todo en él, cenadores, paseos, Rústicos restaurantes ocultos entre las frondas donde se servían toda clase de platillos internacionales especialmente de la cocina francesa; Escondidos caminos entre las huertas bajo árboles cargados de frutas cuyo peso hacía bajar las ramas casi al alcance de la mano. Tranquilos lagos cruzados por las brillantes manchas de patos y cisnes deslizándose plácidamente sobre ellos, En fin el Tívoli era una maravilla.
Un poco más lejos, ya casi en las afueras en pleno campo por la antigua calzada de Tlacopan ;el camino por donde Hernán Cortés huyera de Tenochtitlán en aquella histórica y triste noche, ahora camino a Querétaro; se encontraba la fuente barroca de la Tlaxpana, una de las muchas fuentes a las que llegaban las aguas del acueducto que venía de la parte occidente de Chapultepec, Este era una imponente obra que contaba con más de novecientos arcos de mampostería y ladrillo de más de seis metros de altura.
Esta barroca fuente poseía una compleja estructura, y a los lados de los caños, por donde brotaba el agua a grandes chorros se encontraban emplazadas en churriguescas hornacinas las estatuas en piedra caliza de unos músicos, El lugar poseía un extraño encanto Al frente, al otro lado de la calzada bordeada de altos árboles que daban fresca sombra al lugar se encontraba una blanca y solitaria posada, con un rectangular portal de entrada sostenido por cuadradas y blancas columnas Esta posada del atardecer de un día al amanecer del día siguiente estaba sumamente concurrida Especialmente por los arrieros, comerciantes y trajinantes que llevaban a vender sus productos a la capital o regresaban de ella. Pero entre el día era un oasis de paz y tranquilidad y estaba casi solitaria siempre, El comedor de la posada muy amplio con pequeñas mesas y bancas de madera talladas rústicamente y dejadas al natural. El piso de maciza tierra apisonada, siempre estaba muy impío Y había en la pared junto a la puerta de entrada una discreta ventana y bajo de ella una mesa donde los comensales que se sentaban podían ver el camino y los variados tipos que transitaban por él. Los orgullosos charros con herrajes de plata y bronce en sus trajes, las jóvenes y bellas campesinas de amplias faldas y el oscuro rebozo de rigor, jornaleros con largas picas o instrumentos de labranza En fín, toda la vida campesina y citadina que pasaba por el aterrado camino, Lo único que nunca se veía eran los aguadores debido a la abundancia de tan preciado líquido en la región ellos no tenían nada que hacer ahí, Pero sí se veían los pulqueros, los tlaquicheros, los comerciantes con sus largas recuas de mulas cargadas con pesados fardos, de vez en cuando el estruendo de una diligencia que pasaba interrumpía la tranquilidad del ambiente.
Para no hacerse notar mucho en esos paseos ellos, asimismo, habían adecuado sus trajes al ambiente, Entonces don Agustín vestía de lino blanco, ceñidos pantalones y amplia camisa y en la cabeza un fresco y amplio sombrero de paja tejida, parecía que estaba disfrazado y así ,nadie podía adivinar que él era el famoso capitán don Agustín de Iturbide, Ella, por su parte se ataviaba con modestos vestidos de percal y coloridos rebozos de pueblo, a veces suavemente ceñidos a la cintura ,otras cayendo en ondas sobre sus hombros.
En ese lugar habían pasado los momentos más felices de su noviazgo, si es que podía darse nombre a tal situación, pero así era cómo se sentían, como una pareja de enamorados, completamente libres de las miradas y las interrupciones de los conocidos, Se sentían en un mundo nuevo, extraño, diferente y por ello lleno de encanto. Fue allí donde se comunicaron todos sus pensamientos y sentimientos, entrelazando sus almas en ellos, reconociendo que el amor había hecho presa en ambos.
La última vez que estuvieron en ése lugar doña Ignacia le había pedido que le contara de su matrimonio con doña Ana y todo lo que le había sucedido después en su vida. A éstas alturas no debía haber ya dudas ni secretos entre ellos.
Agustín respondió que era poco lo que había que decir; Ana había sido una muchacha que se había ilusionado, como muchas otras al ver el uniforme que portaba. Ella no era muy guapa, pero tampoco podía decirse que fuera fea, además la juventud presta una extraña belleza a casi todas las mujeres. Su educación, así mismo, no era de las mejores, Pero en compensación su suegro, Don Isidro, el padre de ella había logrado enriquecerse en el comercio del añil. Primero con una sola Hacienda, la de san Nicolás de Juango y una tienda que había puesto en Valladolid. Luego, con las ganancias de éstas había puesto más tiendas, hasta llegar a ser al igual que el padre de Iturbide, Regidor de la ciudad, Pronto con la ayuda de esas influencia políticas llegó a ser de los vecinos más ricos del lugar… (Continuará)

