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LA INSISTENCIA DE DIOS

Viernes, 12 de Marzo de 2010 Administrador Dejar un comentario Ir a comentarios

La insistencia de Dios

Dios es insistente.

Esta afirmación me ha andado dando vueltas en la cabeza durante esta primera semana de cuaresma, tal vez porque la Palabra de Dios que se nos va proponiendo en estos días vuelve una y muchas veces sobre algunas actitudes de Dios que le son esenciales y entre ellas la insistencia en venir a nuestro encuentro con el único deseo de vernos felices y realizados como seres humanos.

Hemos escuchado la invitación a la conversión el miércoles de ceniza que no es otra cosa más que la antífona que se repite y nos recuerda que Dios vuelve a la cita año con año para ver si finalmente acabamos por aceptar la propuesta de orientar nuestros caminos hacia él.

De un modo o de otro vamos percibiendo la voz de Dios que nos dice: vuelvan a mí. Deténganse un momento para darse cuenta que no hay vida sin Dios y que mientras más nos empeñamos en sacar a Dios de lo cotidiano de nuestras existencias, más vamos perdiendo el sentido de la vida.

Dios insiste y no afloja. Una y mil veces, si fuese necesario, está ahí siempre respetuoso y paciente esperando el momento en que finalmente nos daremos cuenta que tenía razón, que sus propuestas no tenían nada de engañoso, que su proyecto de vida es el único que corresponde a lo que llevamos inscrito en lo más profundo de nuestros corazones y que tratamos de realizar afanosamente tratando de no involucrarlo a él.

Dios insiste y nos invita a salir de nuestros mundillos, tan a nuestra medida, en los que fácilmente nos asfixiamos y nos destruimos perdiéndonos en caprichos que impiden a nuestros corazones abrazar los verdaderos horizontes que les corresponden.

Dios insiste en hacernos entrar en un universo en donde estamos invitados a vivir a lo grande, a amar superando todas nuestras ambiciones. Nos invita a salir de nuestros conformismos y egoísmos que acaban por hacer de nuestras existencias algo mediocre. ¿Acaso la conversión a la que se nos invita en este tiempo no significa despertar de nuestros letargos que mantienen nuestra verdad profunda prisionera en los calabozos de la infelicidad, de la estupidez, de la brutalidad de que somos capaces cuando nos desconectamos de lo Divino para conformarnos con lo inmediato de nuestras pretensiones humanas?

Dios insiste día con día y año con año y nos provoca para ver si en algún momento somos capaces de darnos la oportunidad de volver a él como al único que tiene las respuestas a todo lo que andamos buscando.

¿Qué es la vida si no somos capaces de poner a Dios en el centro de nuestras existencias? La respuesta es muy sencilla y no se necesita ser un gran filósofo para contestar: La vida sin Dios es un absurdo.

¿Qué es el ser humano si no descubrimos en lo más profundo de él al Señor que se ha hecho uno de nosotros? El ser humano sin Dios se convierte en un animal violento, insensible, indiferente y destructor de todo lo que ha sido creado bello, agradable y santo. ¿Qué son las cosas y por qué se tiene que vivir con tanto afán y sacrificios?

Cuando Dios nos falta las cosas, los bienes, el trabajo se convierten en pretextos con los cuales tratamos de llenar un vacío que será jamás satisfecho y que engendrará siempre más angustias, envidias y egoísmos, pues el corazón humano sólo encuentra su satisfacción en Dios; esta es la verdad, aunque nos cueste aceptarla.

Dios lo sabe y por eso su insistencia en llamarnos sin cansarse a rehacer el camino para dejarnos llevar de su mano, pues darle crédito a Dios, dejarlo entrar en nuestras historias, compartir con él nuestras existencias no es otra cosa que hacer camino por el único sendero que nos lleva a descubrirnos verdaderamente humanos.

Humanos, es decir, hombres y mujeres hechos de tierra divina en la que no faltan las miserias y el pecado. Tierra santa en donde se mezclan grandezas que nos vienen de nuestra condición de hijos de Dios con miserias que nos recuerdan que no somos santos ni perfectos, pero que no hemos sido creados para acabar en el fango.

Seguramente nos pueden ser de mucho consuelo las palabras del profeta Joel que leíamos al inicio de esta cuaresma: “Así dice el Señor: Vuelvan a mí de todo corazón, con ayuno, con llanto, con luto. Rasguen los corazones y no los vestidos; conviértanse al Señor su Dios; que es compasivo y clemente, paciente y misericordioso, y se arrepiente de las amenazas”. (Joel 2, 12-13)

Espero que la insistencia de Dios por llevarnos a él logre derrumbar todas las barreras que hemos ido levantando y detrás de las cuales nos hemos atrincherado impidiéndonos vivir en plenitud. Que nos conceda superar los miedos a dejarlo actuar en nuestras vidas en toda libertad y podamos darnos cuenta que la auténtica felicidad pasa necesariamente por la apertura humilde de nuestra humanidad a la divinidad.

P. Enrique Sánchez G.

(misionero comboniano)

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