“EL VIENTO NO ES PARA SIEMPRE”
Por Jorge Martínez Villaseñor
( http://cronistajiquilpan.blogspot.com/ )
“La vida y los tiempos de la legendaria Güera Rodríguez y su intervención en la Independencia de México”
XXX
Iturbide se detuvo ante las dos cerradas puertas de la entrada y sacando una llave abrió una de ellas. Doña Ignacia, todavía muda ante el rápido desarrollo de los acontecimientos, trataba de asimilarlos en su mente, y adaptar su conducta de acuerdo a estos.
Cruzaron el umbral, entrando Iturbide despreocupadamente, Parecía como si el marqués de Moncada, su actual dueño, le hubiera dado posesión de éste.
El palacio, completamente amueblado, estaba extrañamente deshabitado en esos momentos. Una profunda quietud lo rodeaba, los ecos de los pasos de ambos resonaban sordamente en el amplio patio de columnas que sostenían a esbeltas arquerías, todas finamente labradas en piedra y que se continuaban, en tres órdenes más a lo alto.
Aunque doña Ignacia ya conocía el palacio por haber visitado al marqués algunas veces, era evidente que para Iturbide ésta era una de sus primeras visitas. La llevó a enseñarle todo los grandes salones, las espaciosas habitaciones, las innumerables escaleras de piedra cubiertas de azulejos en su frente y bordeadas de artísticos y fuertes barandales de hierro forjado., a l fin llegaron a la capilla del palacio.
En ésta, el silencio parecía ser mayor que en el resto del quieto edificio y allí, frente al altar, sintiendo flotar en torno un suave olor a incienso, don Agustín habló al fin:-Estoy en tratos con el marqués para comprarle éste palacio. Ya le entregué la mitad del precio que pedía, Lo compré para que aquí podaos vivir juntos el resto de nuestras vidas, Aquí frente a Dios que nos mira te lo pregunto: ¿Quieres al fin ser mi esposa ?
A continuación la había abrazado fieramente, con desesperación, al tiempo que le susurraba en el oído apasionadas frases de amor.
Doña Ignacia, aturdida por la emoción solo había atinado a pedirle que esperara un tiempo para poder pensarlo ella claramente y darle la respuesta adecuada.
Ahora estaba segura, al sentir el abrazo en la capilla que lo que don Agustín sentía por ella era amor, el verdadero amor que ahora la hacía sentir extrañamente feliz. Pero había tantas cosas que se seguían interponiendo en su felicidad, El descubrimiento de la carta comprometedora de su esposa había sido extrañamente oportuno y ella sospechaba que Agustín mismo había planeado todo así para poder quedar en libertad, ante esa duda de lo que podía haber hecho por amor a ella, vacilaba en su decisión. De ser verdad sus sospechas doña Ignacia no podía dejar a Ana María en esa situación, nunca podría perdonárselo, Pero entonces ¿qué debía hacer ?
Por todo eso, para poder ver claro en su mente le había pedido a su amado un plazo. Esa noche él debería venir a su casa a visitarla y entonces ella debía de darle su respuesta, Ahora ya estaba segura de cual sería ésta…
Los fuertes truenos de una repentina tormenta de primavera la estremecieron Ya casi eran las ocho de la noche, la hora en que él debía venir y la tormenta caía ahora sobre la ciudad con toda la intensidad de las lluvias fuera de temporal.
La noche estaba extrañamente oscura y silenciosa, o quizá parecía así por no haber encendido los sirvientes todas las luces de la casa, cómo a diario. Ahora todos ellos estaban agrupados al fondo de la gran cocina, desatendidos de sus obligaciones a causa de la lluvia.
A través de una de las ventanas de la calle, y a la luz de un relámpago pudo ver la inconfundible figura del amado que se acercaba, y corrió ella misma a abrirle la puerta. Si había desafiado ésa noche la fuerte lluvia era porque su respuesta le importaba muchísimo. Si alguna duda había en su corazón ésta se había disipado totalmente, Llena de felicidad lo hizo entrar al gran salón donde un agradable fuego calentaba la estancia, Iturbide dejó a un lado la mojada capa y el sombrero y con el pelo humedecido por la lluvia la abrazó pidiéndole con urgencia la repuesta.
En pocas palabras, ella le hizo ver que su matrimonio no era posible, No podía ser A pesar del divorcio y por ser él tan católico si lo hacían con el tiempo él se iba a sentir al vivir con ella lleno de remordimientos. Y aunque la sociedad perdonaba los amoríos extramaritales, nunca aceptaría a los divorciados en sus salones Eso sería dar un mal ejemplo para otras parejas en el futuro.
Además, si vivieran públicamente en el lujoso palacio del marqués de Moncada, la envidia sería tanta que los destruiría completamente. La compra de esa casa había sido una excelente inversión nada le impedía a Iturbide cerrar el trato más adelante.
El quiso protestar, pero ella con sus blancos dedos le cerró los labios mientras continuaba.
Aparte, estaban sus hijos que nuca la aceptarían cómo madrastra y después tendría que escoger entre ellos y doña Ignacia. Por último, ése matrimonio sería el final de sus ambiciones de superación. Con él todos les volverían la espalda., Además y ella lo tenía muy comprobado El matrimonio era la tumba del amor.
-¿Entonces?- inquirió él, desesperado-¿Nuestros sentimientos no van a contar en todo esto?
-Desde éste momento, don Agustín íntimamente. Solo ante nuestros ojos y gracias a la unión de nuestros corazones ya estamos casados. Secretamente casados Y ésta noche es nuestra feliz noche de bodas…
Ante tal respuesta, don Agustín la abrazó apasionadamente con un brazo mientras apagaba el único quinqué que iluminaba la estancia. Después, todo fue oscuridad, iluminada a trechos por las agonizantes llamas de la chimenea que al fin se apagaron completamente…
Siguieron unos meses de completo amor y felicidad. Los días mejores en la vida de doña Ignacia, Ya no deseaba salir a fiestas o paseos, Ahora ella y Agustín querían estar a solas el mayor tiempo posible.
Debido a su amor se habían vuelto extrañamente precavidos, Cuando eran solamente amigos, no les había importado exhibirse públicamente, desafiando el qué dirán Pero ahora que compartían algo tan personal y tan bello tenía miedo que las murmuraciones terminaran con su dicha. Por ello, don Agustín comenzó a espaciar sus visitas, a recatarse de las miradas indiscretas, Todo eso volvía cada vez más dificultoso encontrarse a solas como deseaban. Hasta que Iturbide encontró una solución al comprarle una pequeña casa en la calle del Puente Quebrado (hoy Rep. del Salvador y San Juan de Letrán) ésta estaba situada a varias cuadras al sur de donde ella vivía… (Continuará)




