Por Jorge Martínez Villaseñor
!La vida y los tiempos de la legendaria Güera Rodríguez y su intervención en la Independencia de México
Capítulo VI Parte IX
Con el corazón rebosante de alegría y patrióticos ensueños se llegó hasta su secreter y tomando un pliego de aquel blanco y grueso papel de lino en el que enviaba su correspondencia, escribió con la blanca y rizada pluma de ave que le servía para tal fin, estas urgentes líneas : “Venid a mi casa inmediatamente” José Jerónimo Y aunque ya casi anochecía, de inmediato las hizo enviar a don Agustín por uno de sus mozos de confianza, a Chalco, a la hacienda de la Compañía para ello, facilitó al enviado uno de aquellos briosos caballos que don Agustín le regalara, y después, con la placidez del deber cumplido, se sumió en un tranquilo sueño, sobre el suave colchón de plumas de la verde cama de su alcoba.
VII
A media mañana, del siguiente día don Agustín se presentó ante las puertas de la casa de paredes moradas de doña Ignacia.
Esta guardando las formas y la alegría que sentía al verlo, lo hizo pasar hasta el jardín trasero situado al fondo de la casa. Allí nadie podía interrumpirlos en tan trascendental conversación.
El jardín no era muy grande, tan solo un cuadro de unas veinte varas de lado, pero los altos y espesos setos que bordeaban el camino que lo atravesaba, los grandes árboles de frondosas copas y las altas tapias cubiertas de guías con todo tipo de flores, daban a éste un aspecto de mayor amplitud, y una gran intimidad al mismo tiempo. El solo camino que lo atravesaba era muy amplio en forma de una “S” de curvas muy pronunciadas y tenía a sus lados algunas bancas de piedra estratégicamente distribuidas bajo las copas de los aboles.
Las personas que tomaran asiento ahí estaban a salvo de toda clase de miradas indiscretas y al mismo tiempo podían oír los pasos, al acercarse de cualquiera que se llegara hasta el jardín.
Corrían los primeros días de Noviembre, y el falso verano de pocos días de duración conocido como “El veranillo de san Martín” estaba en plenitud. El aire era cálido, tranquilo, roto tan solo en su silencio por el dulce zumbar de las abejas que volaban entre las flores de estación, siendo atraídas asimismo por los colores y el perfume de las naranjas y las limas, semi ocultas entre las hojas de sus árboles. En el césped disperso artísticamente, se veían varios trozos de columnas y capiteles labrados en piedra que le daban una nota evocadora y melancólica al conjunto.
Ese día, doña Ignacia vestía sencillamente de blanco, con un traje de delgada muselina; de larga falda y alto talle que se le ceñía al cuerpo en múltiples pliegues, Caminando por el sendero llevó a Iturbide hasta el final de la “S” del camino del jardín, donde tomaron asiento en una de las bancas de piedra situada bajo la sombra de un añoso laurel de flores blancas y rojas. Allí, en plena quietud, le fue contando detalladamente todo lo sucedido desde que el virrey le enseñara la famosa carta.
Incapaz de dominar su emoción, Iturbide se levantó, comenzando a pasear nervioso en cortos círculos, mientras ella continuaba explicándole la alegría que sentía al saber que ambos iban a lograr al fin la Independencia de la Nueva España. Con un gobierno de todos para todos, e iguales oportunidades de progreso, ya fueran éstos criollos, mestizos o españoles. Un gobierno donde la principal divisa fueran la Paz y el Trabajo. Un gobierno honesto y diligente que ayudara a que la Nueva España volviera a ser el rico país del pasado. Un gobierno y una patria nueva donde todos pudieran progresar y ser felices, de sentirse liberados para siempre de los desastres de la guerra. Y muy pronto, con la ayuda de Dios, ellos iban a lograr todo eso.
Mientras ella, entusiasmada iba expresado todas éstas ideas, Iturbide se había detenido en su nervioso andar, mirándola extrañamente. Y las siguientes palabras que pronunció no eran ciertamente las que ella esperaba oír.
-Qué raro-dijo. Creí que había dos laureles tras de vos, pero estoy viendo que es uno solo ¿Cómo es posible que esté dando al mismo tiempo flores blancas y rojas?
Ella, riendo le aclaró:- Esto es solo debido a un injerto, A un laurel de flores rojas se le ha injertado una rama de otro, de flores blancas. Con el tiempo éstas se volverán rosas. Y entonces tendremos un nuevo laurel con flores en diferentes tonos de rosa. ¿Es que en vuestra hacienda no hacéis injertos?
Como si estuviera contemplando una visión le susurró:- Estáis tan bella ahí. Como si vos misma fuerais la encarnación de la nueva patria de la que habláis…Tras de vos veo el símbolo de la misma, representado en ese añoso laurel, con cuyas verdes hojas se forma la corona de los vencedores ,donde las flores blancas están representando los ideales de los que habitamos el país y las rojas la sangre que por ellos se ha derramado las que en el futuro llegarán a unirse para producir el rosa color de la felicidad-
-En ese laurel y en vos-continuó-estoy viendo los colores de la patria :verde, blanco, rojo…
Emocionado la tomó de las manos y dándole un suave beso murmuró a su oído.
-Este ha sido un día pleno de revelaciones. El resto de mi vida siempre os recordaré como estáis ahora. De blanco, bajo ese añoso laurel, No olvidaré nunca éste momento, Nunca-..
Tras un corto silencio doña Ignacia lo volvió a las realidades de la vida. Estaban ya a principios de Noviembre, y la próxima semana debería entrevistarse con el virrey. ¿Qué le iba a decir ? ¿Qué planes deberían tener que ser forjados para entonces?
Además, esa misma semana, el día de mañana, para ser mas exactos, iba a ser el 4 de Noviembre. El aniversario de la fecha en que, en casa de su hermana habían sido presentados. hacía cuatro años ya. La carta del rey Fernando VII iba a ser su regalo para él. ¿Qué cosa mejor que eso ? y él ¿qué le iba a regalar a ella ?
Iturbide, entonces la abrazó apasionadamente cubriéndola de ardientes besos a tiempo que le prometía poner el mundo entero a sus pies… (Continuará).